Nacer en casa

Una mañana tibia en la costa de Oaxaca mientras desayunábamos al huracán Eric, descubrimos con cierta urgencia que todavía teníamos amor y paciencia suficientes como para criar a otro hijo. Consultamos con Unay que respondió de inmediato que siii a los gritos y volvimos a preguntar para recibir la misma respuesta enfática e insistimos durante varios días con la misma preguntita hasta que confirmamos que al cachorro le apasionaba la idea de tener un hermanito aunque no supiera bien lo que eso significara. Donde se aman tres se aman cuatro si todos están de acuerdo.

Luego llegó el momento de amarse con locura poniendo el cuerpo en ello sin obstáculos y esperar a que la biología acompañe. Test de embarazo, larga noche de ansiedad y primera orina de la mañana: positivo. Abrazos infinitos, triples alegrías, las mejillas acalambradas de sonreír, los saltitos nerviosos preguntando cuando llega el hermanito y una nueva y hermosa aventura responsable: decidir cómo y dónde dorar la panza pero por sobre todo, dónde y con quién parir.

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El parto de Unay nos enseñó que si el embarazo transcurre normalmente lo más sensato y saludable es escucharse a uno mismo y no ir a parir a ningún hospital y que en ningún lugar vamos a estar mejor que en nuestra casa, asi que decidimos gestionamos todos los chequeos médicos necesarios para llegar a las cuarenta lunas con una panza bien sana y con toda la confianza.

En San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Sandra, Mary y y Judy nos brindan todo su apoyo y amor para acompañarnos en el parto en su bello hogar comunitario y casa para nacer Yachil Antzetic. En Montevideo, un par de semanas después, Sylvia, una de las parteras del colectivo Nacer Mejor nos ofrece el mismo apoyo y el mismo amor si parimos en Montevideo, frente a nuestra insistencia de parir en nuestra casa y haciendo de tripas corazón, decide asumir el compromiso de asistir nuestro parto en La Paloma junto a otra compañera, aún sabiendo que van a tener que poner sus nervios a prueba durante las tres horas de carretera que tendrían que hacer.

Debemos tomar una decisión. Parir en San Cristóbal de las Casas o en La Paloma. Cada lugar tiene tantas cosas buenas como malas. Dejamos macerar la decisión varios días hasta que llegamos a la conclusión de que queremos parir en la casa que hicimos con nuestras propias manos en este rincón del mundo y que queremos que Sylvia nos acompañe en ese momento.

Mientras la panza crece visitamos varias veces Nacer Mejor, participamos de talleres de preparación para el parto, conocemos a Mariana (la otra partera que asistirá nuestro parto) y lentamente se van alejando todos los miedos y fantasmas que rodeaban la decisión de parir en casa.

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Hay grandes posibilidades de que el bebé sea varón y empezamos a necesitar nombrarlo, ya no nos alcanza con “cachorrito”, “bebito”, “sabandija” o “pichoncito”. Asumimos la responsabilidad lo mejor que podemos y buscamos un nombre que tenga algún vinculo con el lugar donde fue concebido o con la tierra que lo va a parir. Damos varias vueltas sobre la misma idea hasta que un sonido nos enamora. Ni nombre mexicano, ni nombre criollo ni nombre vasco. Nombre guaraní: Mitaí, niño.

Faltando dos semanas para la fecha probable de parto Sylvia y Mariana nos visitan en La Paloma, conocen la casa y compartimos todo un día desahogando dudas y temores hasta que parir en casa se vuelve algo real y concreto lejos de cualquier fantasía. Estamos listos. Ahora solo falta que Mitaí decida nacer.

Comienzan a manifestarse en el vientre de Cat las primeras sospechas de que falta poco para el parto. Las primeras contracciones suaves y desordenadas van y vienen durante tres semanas. Llenamos nuestras circunstancias de emociones lindas y sanas, preparamos el nido con nuevo abrigo, una mano extra de orden e higiene y nos rodeamos de personas que apoyan nuestra decisión y que sabemos de antemano que de ninguna manera van a contagiarnos sus propios miedos.

Tenemos la fecha probable de parto encima y sabemos que si nos pasamos demasiado no vamos a tener más remedio que volver a parir en un hospital con un parto prepotente, inducido y con amenazas de cesárea.

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Probamos todo lo que dicen la ciencia y la cultura popular para provocar el parto naturalmente, caminatas, amores, danza del vientre, masajes, hasta que luego de varios fracasos llamamos preocupados a Sylvia. Hablamos un rato y se compromete a venir a La Paloma al día siguiente a conversar; eso era justo lo que necesitábamos, saberla cerca.

Esa noche las contracciones caóticas y cotidianas se vuelven de pronto muy intensas, demasiado intensas. Cat se levanta de la cama para ir al baño y no se da cuenta que rompe la bolsa cuando se sienta a orinar, pero ella ya sabe que ésta es la noche donde empieza su trabajo de parto. Me lo dice a las dos de la mañana y yo reacciono mandándola a dormir, pero ella no tiene ninguna duda, esto es diferente, éstas son las contracciones de parir. Llamamos a Sylvia y en seguida parte rumbo a La Paloma con Mariana y justo en ese momento nos quedamos sin saldo en el teléfono. Las estufas a leña comienzan a arder al máximo, el fuego nos acompaña con luz y calor y toda la casa toma la temperatura del trópico que concibió al bebé que está por nacer. Mi tarea consiste básicamente en acatar directivas y en ir anotando en una tarjeta las contracciones que Cat va calificando y sus respectivos intervalos en minutos: S (suave), F (fuerte), MF (muy fuerte) EF (extra fuerte). Abandono la tarea una hora después sin declararlo mientras Cat sigue sentenciando: anotá! MF! MF! EF!.

Tenemos la piscina para partos de Nacer Mejor y un calefón a gas que nos prestaron los nuevos vecinos y amigos Diego, Ana, Diana y Maia. En una hora y media, frente a la estufa a leña, rebosa la piscina de mujer en paz a punto de parir en agua caliente.

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Cat se entrega sin miedo, ya sabe que las parteras vienen en camino y se suelta, afloja su cuerpo y lentamente comienza a quedar imposibilitada de gobernar lo que le sucede. Durante dos horas apenas dicta palabras cortas: miráme, duele, ah, agua. Llama Sylvia y avisa que está a media hora de llegar, bromea preguntando si veo los pelos de Mitaí y yo presumiendo serenidad le digo que las vamos a esperar.

Amanece. Cat se levanta de la piscina para ir al baño y se marea al incorporarse, cuando regresa ya no quiere estar en el agua, se sube al sillón, se pone en cuatro patas y me dice: estoy pujando. Yo no puedo creer que sea tan atrevida como para pujar sin las parteras y le digo que espere un poquito mientras le tapo las nalgas con una toalla de manos con la ilusión de que eso más la suave presión de mi mano sea un obstáculo para la precoz cabecita de Mitaí. La respuesta de Cat es bastante contundente y no se refiere precisamente a mi toalla: no me tapes! sacálo!. Llama Sylvia de nuevo, están perdidas a la vuelta de casa y las oriento un poco. Cat grita como nunca antes la había escuchado, putea, muerde. Unay se despierta y me pregunta si mamá está triste, le cuento que ya va a nacer su hermanito y lo llevo a darle un beso a su mamá. Volvemos al cuarto y le pongo una película de hadas mientras Cat me grita y me exige que no la deje sola. Llamo a nuestra amiga Solange que es la mamá de Lautaro, el mejor amigo de Unay, para que venga a acompañarlo. Ella salta de la cama y en tres minutos entra a casa dispuesta a mimar a Unay y acompañarlo mientras él le cuenta ya muy seguro y tranquilo que va a tener un hermanito.

Las parteras llegan a casa siguiendo los gritos urgentes de Cat, Sylvia abre la puerta de entrada buscándola, apenas la ve dice algo parecido a “ups!” y se aproxima rápidamente a ella. Mariana descarga el equipo y responde de inmediato a los pedidos de Sylvia que incluyen cosas que están guardadas en lugares diferentes (guantes, oxígeno, tijera, toallas, agua caliente, y otros accesorios que no registro). Mitaí ya con los pelos afuera asoma un poquito la cabeza cada vez que Cat puja y vuelve a esconderse enseguida. Sylvia le sugiere cambiar de posición y Cat se acuesta boca arriba y apoya su cabeza sobre mí que ya desisto de sugerir soluciones mágicas con las toallas. Sylvia le propone hacerle un corte porque cree que el periné está demasiado tenso y Mitaí no puede salir. Corta. Cat puja y nace Mitaí! Tiene dos vueltas de cordón al cuello, y se tranca a la altura de los hombros, Sylvia, experta, profesional, años de oficio, en un instante lo desenreda, lo ayuda a salir y lo deposita flojito y morado en el pecho de su mamá.

Durante cinco segundos que parecen cien horas me invade un terror helado y paralizante, ese terror ancestral que vivieron miles de hombres antes que yo cuando se abren las puertas de la vida y de la muerte a la misma vez. Trato de pasar por mi filtro racional todo lo que las parteras se dicen y hacen sin querer preguntar nada para no estorbar y sin lograr llegar a ninguna conclusión hasta que Mitaí empieza a quejarse como un gatito. Vuelvo a la tranquilidad, Mitaí está bien, si se queja es porque respira, si respira está vivo. El miedo se aleja tan rápido como llegó cuando veo que Sylvia resuelve de inmediato, aspira moquitos, acerca el oxígeno y frota a Mitaí con una toalla. El cachorrito llora con ganas, se pone rosado y comienza a tantear con sus labios uno de los pezones de la mamá. Explota la vida frente a mis ojos y lloro en cucharadas alegría, amor y adrenalina.

Solange trae a Unay que quiere conocer a su hermanito, apenas llega lo toca y sonríe, tiene la mirada más intensa y profunda que le vi en toda su vida. En ese tocar y sonreír y mirar Unay deja de ser un bebote grande y se convierte en niño, algo en su mirada cambia para siempre. Cuando descubre que en el medio de la casa hay una piscina se saca toda la ropa y salta para adentro mientras Cat alumbra la placenta. Chapoteando en una cálida y líquida primera fila Unay pregunta que le hacen a su mamá y mira jugando como le cosen la episiotomía.

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Mariana recoge los accesorios que utilizaron y cuando termina prepara un licuado con varias frutas más algunos arazás recién cosechados y un pedazo de la placenta de Mitaí. Brindamos todos con el licuado, Solange, Sylvia, Mariana, Cat y yo, y en el primer trago, amoroso ritual, descubro que se acaba de crear un vínculo único entre nosotros siete y que es para siempre. La emoción me anuda la garganta y recién se me afloja entre risas cuando lo invito a Unay a hacerle un heladito de licuado.

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Nos abrazamos para siempre. Unay se ríe, está feliz. Cat besa a Mitaí, besa a Unay, vuelve a besar a Mitaí y distendida sonríe por primera vez, es conciente de lo que acaba de vivir, parió a su segundo hijo como queríamos y un intenso cielo azul estalla en las ventanas de la casa.

Nueve meses y pico después de que el huracán Eric nos despeinara el desayuno en México, en el otro extremo del continente, en una hermosa mañana tibia de otoño, nació Mitaí en la casa que hicimos con nuestras propias manos.

 

Nunca habíamos sido tan coherentes.

Nuca habíamos sido tan responsables.

Nunca habíamos sido tan felices.

 

Toda la vida es ahora.

 

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