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Cae el labio de la ola desde una altura de ocho metros y hace temblar la arena de la playa, de inmediato minúsculas gotitas de agua de mar se depositan suavemente sobre nosotros. El ruido asusta, la imagen es estremecedora.

Zicatela, Puerto Escondido, la ola más perfecta y más grande de Latinoamérica y probablemente una de las cinco mejores del mundo. Aquí vienen surfistas profesionales de todo el mundo adictos a la adrenalina a entrenarse en olas gigantes gastando poco dinero. Verlos surfear es un espectáculo que acelera el ritmo cardíaco.

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Hace exactamente cien días me inventé un trabajito sacándole fotos a los turistas que llegan con la fantasía de convertirse en surfistas en una semana, pero mis clientes no se convierten en surfistas en Zicatela, lo hacen en Carrizalillo, pequeña bahía cerrada y amable que reposa entre dos cerros que la protegen de las gigantescas olas que hacen temblar la playa de al lado.

He fotografiado a cientos de estos turistas, la mayoría tienen entre 25 y 35 años, usan las mismas chancletas, la misma ropa, los mismos lentes de sol y los mismos gorritos con visera. Vienen de los países más fríos del hemisferio norte donde no hay mar o donde el mar esta poluído y/o congelado la mayor parte del año. Compraron mucho antes de salir de casa el atuendo completo de surfista de revista y llegan aquí a lucir esas bermudas y musculosas coloridas sobre sus pieles blancas como la leche que al segundo día de trópico están rojas como el tomate.

Los vecinos más jóvenes de Puerto Escondido se ofrecen como profesores de surf. Les cargan las tablas los 171 escalones de la escalera que hay que bajar para llegar a la playa, los meten al agua, los empujan cuando viene la ola y luego les cargan las tablas en subida los 171 escalones de regreso. Si se paran en una ola, yo les saco fotos, luego se las muestro y ahí comenzamos un insoportable proceso de regateo donde intentan pagarme la mitad del precio porque se les ve la celulitis o porque todavía no surfean perfectamente. Si nos ponemos de acuerdo les vendo las fotos en un CD, y una hora más tarde las imágenes más vistosas presumen en los muros del Facebook en los idiomas más rígidos del norte: “Surfeando en Puerto Escondido”.

Cuando comienzo a padecer demasiado las tediosas sesiones de regateo intento cambiar el tema de discusión y los distraigo preguntándoles de dónde son y que más van a conocer de México. Todos me responden lo mismo: “sólo Puerto Escondido”.

Cruzan medio planeta, llegan a un país tropical y exótico que tiene todos los climas y todas las geografías, donde se hablan más de 50 lenguas y que lo habitan cientos de pueblos originarios diferentes con una historia antiquísima, y sólo conocen Puerto Escondido, un par de playas sin ningún atractivo en particular más allá de las olas gigantescas de Zicatela.

Le pregunto a Nikolay, taxista ruso nacido en Moscú y radicado en Helsikni:  “¿por qué todos quieren surfear y no aprovechan a conocer México?”. Nikolay me responde en seguida sin titubear:  “porque en Rusia es popular ser surfista”.

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