En el trópico a orillas del mar el cuerpo nos agradece.

Las zambullidas son tibias caricias, no hay prisa por volver a la arena, no hay frío que nos contraiga ni espasmos que nos apuren. Hacemos la plancha hasta que nos aburrimos, curioseamos el fantástico mundo submarino, jugamos con las olas hasta que los abdominales, los brazos y las piernas nos exigen una siesta. El sol llega a nosotros con tórrida amabilidad, sin agresiones, la capa de ozono que cubre esta parte del mundo no se lo permite. La piel bronceada absorbe mejor los rayos ultravioletas y produce grandes cantidades de vitamina D que nos ayuda a estar más sanos, a sentirnos muy bien y a vivir más tiempo. La luz del sol que entra por nuestros ojos provoca que la epífisis situada en nuestro cerebro segregue serotonina, esa hormona entusiasta y generosa que nos pone simplemente felices.

En el mar está una parte de la comida que necesitamos, solo hay que ir a buscarla, en los árboles las frutas. No se necesita casi ropa, con una muda alcanza y no se ensucia casi ropa si solo tenemos una muda. La vida es fácil en el trópico. Cuando sea necesario el dinero solo hay que ingeniárselas media hora vendiéndole algo a los cientos de turistas que llegan cada día a este lugar buscando lo mismo que todos buscamos cuando estamos en el trópico a orillas del mar. No hay motivos para angustiarse, la vida resulta ser un pasatiempo bastante fácil de resolver. El suave murmullo de las olas disuelve cualquier tipo de exagerada reflexión.

Una especie de pereza intelectual comienza a acompañarnos discretamente. El cuerpo se convierte en el legítimo protagonista y las reflexiones van lentamente dejando su lugar a las pasiones. Empezamos a perder vocabulario. La convivencia con otros cuerpos semidesnudos alimenta lentamente la vanidad y empezamos a mirarnos demasiado tiempo a nosotros mismos.

Hasta que un día nos insolamos, escapamos del sol tres o cuatro días refugiados a la sombra y bajo una ducha fresca. El daño no es demasiado grave así que logramos descubrir que no habíamos sufrido una insolación: era nuestro cerebro cociéndose.

 

Guille, mayo de 2013, Puerto Escondido, Oaxaca, México.

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